CON RUBEN OLIVA

Desayunar mal o no hacerlo afecta nuestra salud. Te contamos cómo debe ser esta primera y más importante comida de la jornada para arrancarla con la energía que necesita nuestro cuerpo.
Esto le pasa a tu cuerpo cuando no desayunás


¡Cuántas veces hemos escuchado los consejos sobre la importancia de desayunar bien! Pero... ¿Cuántas veces los seguimos? Por lo general, hacemos todo el revés. Cenamos tarde y mucho, por lo que al despertarnos el apetito se reduce y nos levantamos apurados, tomamos un café con alguna galletita y partimos hacia el trabajo, escuela o facultad.

En la era de la inmediatez, raramente nos tomamos el tiempo necesario para prepararnos un buen desayuno, que es la comida más importante del día.

¿Por qué? “Porque interrumpe un período de ayuno prolongado (las horas de sueño) y repone los niveles de glucosa, fuente de energía del cuerpo”, explicó la licenciada en Nutrición Graciela Porchietto, que colabora con la fundación Banco de Alimentos de Córdoba.

“Nuestro cerebro se alimenta de glucosa, pero no tiene capacidad de almacenarla. Un buen desayuno nos proporciona una mejor y mayor concentración durante la mañana y el resto del día”, señaló la especialista. El rendimiento físico y mental crece, por lo que nos permite ser más productivos en lo que sea que hagamos. También ayuda a mejorar nuestro comportamiento y a mantener un peso adecuado.

¿Qué nos pasa cuando no desayunamos o desayunamos mal? Según Porchietto, la fatiga es el primer y más visible síntoma, ya que no le aportamos a nuestro cuerpo la energía que necesita para arrancar con las actividades cotidianas luego de mucho tiempo sin alimentarnos. Lanzamos nuestra cabeza y nuestro cuerpo al exigente mundo sin prepararlos correctamente.

Además, aumentan las probabilidades de padecer sobrepeso u obesidad (a partir de una mayor ansiedad por la comida y una ralentización del metabolismo), así como de sufrir enfermedades cardiovasculares, colesterol alto y diabetes.

¿Qué debe tener un buen desayuno? Los expertos recomiendan consumir el 25% de las calorías diarias e incorporar frutas (frescas y de estación), cereales, pan (integral y con semillas en lo posible) y lácteos (leche, queso, yogur preferentemente descremados). El objetivo: adquirir todos los nutrientes necesarios, mantener una alimentación saludable y, como consecuencia, prevenir enfermedades.














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